ARTIFARITI

El caballo de Troya Saharaui

 

Ocurrió en el modesto palacio presidencial de Rabuni, la capital administrativa de una república que fue reconocida por México en 1979 y hasta la fecha por otros 81 Estados. Una república que sigue sin existir para las grandes potencias del mundo, como Estados Unidos, Rusia, China y la Unión Europea al completo. Se trata en realidad de uno de los dieciséis territorios no autónomos bajo supervisión del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas.

No es que Mohamed Abdelaziz tuviese una razón especial para homenajear a México. La RASD ha agradecido ya en varias ocasiones el apoyo diplomático de este país. La cosa iba al revés. El único artista mexicano presente en Artifariti, Rolando de la Rosa, había dedicado una peculiar escultura al pueblo saharaui. Un pueblo pertinaz, que lucha desde hace más de treinta años para recuperar su territorio, ocupado por Marruecos en 1976 tras la retirada de España, potencia colonizadora hasta aquel momento.

El
Caballo de Troya Saharaui, la obra del artista mexicano, está hecho con material bélico y de reciclaje. La cabeza está forjada con los restos de una bomba y el cuerpo está compuesto por bidones de gasolina, los mismos que utilizan los nómadas del desierto para llenar los depósitos de sus Land Rover, que hace años sustituyeron al tradicional camello entre las dunas de un desierto árido e inhóspito.

Para entender el valor simbólico de esta escultura hay que situarla dentro del marco del festival Artifariti, cuyo objetivo primordial era otorgar visibilidad al conflicto olvidado del Sáhara Occidental. Tifariti, escenario de este certamen artístico único en el mundo, es una aldea en el medio del Sáhara liberado por el Frente Polisario, que lideró una guerra cruenta contra Marruecos entre 1976 y 1991.

Tifariti es un emblema en la reciente historia de los saharauis. Aquí recalaron los primeros refugiados tras la ocupación marroquí. Sobre estos primeros campamentos improvisados cayeron las bombas marroquíes de napalm y fósforo blanco, en 1976. Por ello, los polisarios tuvieron que trasladar a la población civil hacia los campamentos de Tindouf, en Argelia, donde siguen malviviendo cerca de 200 mil refugiados en condiciones humanas y sanitarias desesperadas.

Hoy Tifariti es habitada únicamente por militares polisarios y pastores seminómadas. La población civil sigue viviendo en los campamentos en una provisionalidad estable en su perpetuidad, a la espera de una solución que la ONU ha sido incapaz de garantizar en tres décadas y que pasa obligatoriamente por la celebración de un referéndum sobre la autodeterminación del pueblo saharaui.

Fosfatos, pesca y petróleo

El referéndum sigue atascado en los pasillos de la ONU, que desde 1991 mantiene una presencia estable en el Sáhara Occidental (Minurso). En juego están los jugosos yacimientos de fosfatos, los más grandes del mundo, con reservas estimadas en 10 mil millones de toneladas. Es una materia prima muy valiosa para la fabricación de fertilizantes, que Marruecos exporta a España con regularidad (cerca de 500 mil toneladas anuales).

Sin embargo, las exportaciones de un territorio ocupado o pendiente de descolonización como el Sáhara Occidental son ilegales. Así se desprende de las declaraciones del subsecretario general para Asuntos Legales de Naciones Unidas, Hans Corell, en 2002: “La Asamblea General ha condenado la explotación y el robo de los recursos naturales que vayan en detrimento de los intereses de la población saharaui. [...] Si siguen las actividades de explotación de los recursos naturales sin considerar los intereses y deseos de la población saharaui, se estarían violando los principios de la ley internacional aplicable a las actividades de los recursos minerales en Territorios No Autónomos”.

La importancia estratégica de esta región tan largamente disputada se debe, además, a que sus costas, actualmente controladas por Rabat, albergan un enorme banco de pesca de 150 mil kilómetros cuadrados, uno de los mayores del mundo. Finalmente, hay evidencias de que la arena del desierto pueda ocultar enormes yacimientos de petróleo, una de las razones que llevaron a Franco a tomar posesión definitiva de esta región en 1936 y a realizar varias excavaciones en busca del preciado oro negro.

Ciudad bombardeada en varias ocasiones, hasta un día antes de la entrada en vigor del alto el fuego, en 1991, Tifariti se encuentra a nueve horas de coche de los campamentos de Tindouf y a tan sólo 60 kilómetros de un muro de 2,700 kilómetros que divide el Sáhara liberado por los polisarios del Sáhara ocupado por Marruecos. El reino alauí lo construyó en los años ochenta para repeler los ataques de los guerrilleros saharauis y llegó a gastarse en su mantenimiento la cifra astronómica de tres millones de dólares al día. El “muro de la vergüenza”, como lo llaman los saharauis, divide hoy en dos a un pueblo y su territorio.

Hasta 10 millones de minas y bombas de racimo hacen inviable cualquier intento de saltar esta valla de alambres de espinos, vigilada las 24 horas del día por 165 mil soldados armados. El Sáhara es el lugar del mundo que más minas y peligros entraña. Y precisamente en este escenario bélico, que guarda cierto parecido con el decorado de una película del Oeste, medio centenar de artistas latinoamericanos, españoles, argelinos y saharauis han trabajado a lo largo de dos semanas con el mismo reto: crear obras de arte a partir de materiales autóctonos y restos bélicos.

La escultura de Rolando de la Rosa encarnaba integralmente el espíritu de esta convocatoria, no sólo por el material utilizado, sino también por su significado. En las tripas del caballo, el artista mexicano ha colocado todas las resoluciones incumplidas de la ONU en favor del pueblo saharaui. En el cuerpo del equino de latón ha dibujado el rostro de El Uali, héroe de la causa saharaui, y ha escrito la frase del Benito Juárez que el presidente de la RASD leía a los periodistas a principios de diciembre.

“Es una idea brillante. Es increíble que un artista mexicano haga un viaje tan largo para construir ese caballo de Troya y que lo llene con las resoluciones de la ONU que prevén la autodeterminación de nuestro pueblo”, comentaba Mohamed Abdelaziz a los periodistas. El mismo presidente de la RASD eligió la obra de Rolando de la Rosa para escenificar una protesta frente al muro.

El pasado 11 de diciembre, centenares de saharauis escoltaron el
Caballo de Troya saharaui hasta el “muro de la vergüenza” en una nueva acción de “intifada pacífica”, como la llaman los mandos del Frente Polisario. Y es que en el Sáhara “no se lucha sólo con las armas, sino también con el bolígrafo y con el pincel”, como afirmó el enviado del presidente saharaui ante los artistas reunidos en Tifariti, durante su visita oficial al festival.

Sin embargo, un amplio sector de la población saharaui muestra cierto cansancio hacia estas formas pacíficas de resistencia. Se palpa un sentimiento de revancha cada vez más fuerte, sobre todo entre los jóvenes, que claman por retomar las armas tras 17 años de alto el fuego. “En el momento en que haya una guerra, pienso ir. Lo ideal sería alcanzar la independencia sin guerra. Pero si no queda más remedio, habrá que luchar. Queremos luchar”. El autor de estas declaraciones es Bashir, un saharaui de 23 años que vive Sevilla. Como muchos jóvenes de su edad, fue acogido por una familia española dentro de un programa de solidaridad que lleva cada año a más de 12 mil niños a veranear durante dos meses en la península ibérica. Él se quedó en España para ayudar a su familia en los campamentos.

Bashir clama por la guerra desde el salón de una casa de adobe en el campamento 27 de Febrero, en Tindouf. Pese a vivir en España, visita con frecuencia su tierra y su gente. Su opinión es largamente compartida por muchos militares y cada vez por más civiles, que reclaman la vuelta a las armas, aunque sea para una guerra rápida. Hasta el presidente de la RASD reconoció ante los periodistas reunidos en su despacho que la opinión pública saharaui está decepcionada por la conducta de Marruecos y de la ONU. “Tenemos cada vez más presiones por parte de la sociedad y los militares. Y es verdad que la carta de la guerra está encima de la mesa”, dijo Abdelaziz.

La historia de Bashir puede ser la de muchos saharauis de su edad. Hijo de un combatiente del ejército polisario, nunca conoció a su padre, que murió en 1985 en la guerra contra Marruecos, antes de que él naciera. Hace unos años, durante una manifestación pro saharaui en España, se le acercó un hombre mayor y le dijo que había conocido a su padre. Gracias a su ayuda, hace cuatro años vio por primera vez una foto de su padre. “En esta época en el Sáhara no había cámaras y mi madre no tenía ni un retrato de él”, explica Bashir. La encontró en los archivos del gobierno saharaui en el exilio, que tenía la costumbre de fotografiar a todos los efectivos de su ejército.

La RASD vive en paz pero sus habitantes tienen mentalidad de guerra. Para ellos, la paz verdadera sólo empezará cuando hayan recuperado la totalidad de su territorio. Por eso rechazan la propuesta de una autonomía dentro del territorio marroquí. No importa que lleven tres décadas sobreviviendo en tiendas humildes, en territorios desérticos cedidos por Argelia. Los saharauis quieren vivir libremente en un país independiente. Sin embargo, algunos temen lo peor. “Yo creo que no vamos a tener nuestra patria nunca. Simplemente, nos moriremos aquí”, asegura lacónica Mariam, una farmacéutica de 33 años que estudió siete años en España.

Mariam es la sobrina de la mujer que acoge a parte de los periodistas en su jaima, ya que en los campamentos no hay hoteles ni agua corriente ni electricidad: sólo viento y polvo. La jaima de su tía sólo tiene algunos colchones y alfombras. En la entrada, una placa solar está conectada a un generador, que consigue alumbrar la jaima una pocas horas al día y alimentar, eso sí, el televisor conectado a una antena parabólica. “No podemos crear empresas ni fábricas. Ya es mucho que los argelinos nos hayan dejado construir escuelas primarias y hospitales. Yo ya no espero nada del futuro”, añade Mariam, que ha dejado de trabajar porque no percibía un salario. Su marido tampoco trabaja.

Como ellos, la gran mayoría de los saharauis viven de la solidaridad de países como Argelia, España e Italia. Sólo en España hay 180 asociaciones en apoyo del pueblo saharaui. Iniciativas como Artifariti o Vacaciones en Paz persiguen paliar la situación humanitaria del pueblo saharaui y luchar contra el olvido de la comunidad internacional. “¿Pero hasta cuándo nos ayudarán? ¿Y qué pasará cuando se cansen de ayudarnos?”, se pregunta Miriam.




Fotos de Emiliano Martín y Pablo Balbontin

Valeria Saccone es periodista, reportera de Madrid Directo.
E-mail: valeriasac@hotmail.com

“Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. A principios del pasado mes de diciembre, el presidente en el exilio de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), Mohamed Abdelaziz, leyó esta célebre frase de Benito Juárez ante las cámaras de una televisión mexicana que había acudido a cubrir la segunda edición de festival artístico Artifariti, en el Sáhara Occidental